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Edward G. Robinson
Por Fabián Cepeda |
Edward G. Robinson. La mención de su nombre nos hace pensar inmediatamente en un gángster, mafioso y malviviente. Pero es la primera reacción. Después empezamos a recordar otros momentos de sus películas. Otras películas, porque no sólo de eso se trató su carrera. Y ahí vamos descubriendo los diferentes y fascinantes matices que este hombre, actor de raza, se imprimió a sus personajes. Cuando la ocasión lo requería aparecía la sensibilidad, la solidaridad. En definitiva, el ser humano. Nació en Bucarest, Rumania, el 12 de diciembre de 1893, y fue el quinto de los seis hijos de Morris y Sarah Goldenberg, y fue nombrado Emmanuel. Al cumplir sus nueve años, la familia emigró al East Side de Manhattan, Estados Unidos, donde el jefe de familia instaló una tienda que vendía golosinas. Manny (como era llamado en el ambiente familiar) cursó estudios juntamente con George Gershwin y Paul Muni, y se sintió atraído por la actuación mientras cursaba en la Universidad Settlement House. En 1910 se inscribió en la Academia Americana de Arte Dramático, y fue allí que adoptó el nombre de Edward G. Robinson. Inmediatamente comenzó a escribir y protagonizar varias obras teatrales, con las que realizó giras por Canadá, hasta que comenzó la Primera Guerra Mundial, y fue enrolado por unos cuantos meses para realizar tareas manuales en Pelham Bay, New York. A la vez y mientras sus labores se lo permitían, continuaba con su trabajo teatral, en obras como Peer Gynt, The Adding Machine y A Royal Fandango, junto a Ethel Barrymore. Hacia 1916, realizó un pequeño papel en una película protagonizada por Mary Nash, a quien conocía del teatro, pero no disfrutó con esta labor.
Por lo tanto, centró todos sus esfuerzos en el teatro, donde obtuvo críticas muy favorables con obras como The Firebrand, The Man of Destiny, Androcles and the Lion y Lady Be Good junto a Gladys Lloyd, que en poco tiempo se convertiría en su esposa. Pero en 1927, mientras interpretaba a un capo mafioso en la obra teatral The Racket, los críticos de espectáculo alabaron tanto su actuación que la Paramount se interesó en él, y le ofreció estelarizar la película The Hole in the Wall (La casa misteriosa, 1929) dando vida a un rudo gángster, y obtuvo un papel similar en su siguiente película, Night Ride (El regalo de bodas, 1930). A partir de allí, desempeñó roles similares en casi tosas sus películas, y continuó trabajando en el teatro. Su próxima película, Little Caesar (El Pequeño César, 1930), fue la que lo consagró y lo transformó en una estrella. En ella interpretaba a Rico, un mafioso que tuvo un triste final. Aquí decía la famosa línea final “Mother of Mercy… Is this the end of Rico?” (“Madre misericordiosa... ¿es éste el final de Rico?”). La Warner Brothers, más que satisfecha con el éxito alcanzado por Robinson, lo ubicó en una seguidilla de películas ambientadas en el submundo gangsteril, e interpretando a sádicos hombres que no se detienen ante nada con tal de alcanzar sus objetivos.
Sin embargo, su imagen calzaba a la perfección en los papeles de malvivientes, y en Kid Galahad (Honor y gloria, 1937), The Last Gangster (El último bandido, 1937) y A Slight Case of Murder (El único camino, 1938) brilló con luz propia, interpretando a peligrosos gángsters sin piedad. A fines de los años ’30 y en los primeros ’40, Edward G. Robinson estelarizó varias películas de diferente índole: biográficas, como The Amazing Dr. Clitterhouse (El genio del crimen, 1938), Dr. Ehrlich’s Magic Bullet (La historia del Dr. Ehrlich, 1940) y A Dispatch From Reuter’s (Un mensaje de Reuter, 1940), o películas episódicas con repartos estelares, como Tales of Manhattan (Seis destinos, 1942) y Flesh and Fantasy (Carne y fantasía, 1943).
Y seguidamente, el famoso director Fritz Lang ubicó a Robinson en dos películas de suspenso de primera línea, ambas junto a Joan Bennett y Dan Duryea, que marcarían hitos en las carreras de los tres: The Woman in the Window (La mujer del cuadro, 1944) y Scarlet Street (Mala mujer, 1945). En 1947 Robinson y el productor Sol Lesser formaron una compañía a la que llamaron Film Guild Corp., y produjeron una película de rutina, The Red House (El Secreto de la Casa Roja). Ese mismo año Robinson comenzó a ser perseguido: el Comité de Actividades Antiamericanas (CAA), hizo correr la voz que él era uno de los primeros actores de Hollywood que serían llamados a explicar sus asociaciones con organizaciones pro-comunistas. Afortunadamente, el efecto de estas investigaciones en la carrera de Robinson no fue inmediato, por lo que pudo en 1948 ofrecer una interpretación fundamental dando vida a un desalmado gángster en Key Largo (Huracán de pasiones). Pero esa película y dos más olvidables serían casi su “canto del cisne”: el Comité se empecinó con él y prácticamente arruinó su carrera. Durante casi tres años el actor tuvo que declarar públicamente y defenderse de las amargas acusaciones de las que era objeto. Recién hacia 1953, y después de que Robinson dejara asentada su antipatía para con el régimen comunista, le fue posible volver a trabajar en Hollywood. Pero las películas que le ofrecieron eran rayanas en la categoría “B”. Por ello, Robinson puso todas sus esperanzas en la obra Middle of the Night, con la que alcanzó un suceso particular, interpretando a un maduro viudo que se enamora perdidamente de una joven mujer. Por esta época volvió a aparecer en los titulares de los diarios y por motivos desagradables. Su esposa, siempre afectada de problemas mentales, finalmente materializó sus postergadas amenazas de exigir un divorcio. Robinson, adicto coleccionista de obras de arte, perdió no sólo su mansión sino la mitad de sus preciadas pinturas. Eventualmente reencontró la felicidad con Jane Adler y volvió a comprar su mansión y recuperar parte de las obras que habían sido rematadas. Pero esta “década infame” terminó con un film de lujo: A Hole in the Head (Un hombre sin suerte, 1959). En sus memorias “The Name Above the Title”, el director Frank Capra asegura estar convencido de que esta película había llenado de alegría a sus protagonistas. Tanto así que “ni Sinatra ni Robinson –ni incluso Thelma Ritter- jamás ofrecieron actuaciones tan cálidas como éstas”. Durante toda la década de los ’60, Robinson se mantuvo muy activo en el cine, no sólo en los Estados Unidos sino también en Europa, y sobre todo en Italia. Tuvo en esto más suerte que algunos de sus contemporáneos, como por ejemplo James Cagney o George Raft. Luciendo una característica barba candado en casi todas sus películas posteriores, participó de proyectos de calidad: el director de cine de Two Weeks in Another Town (Dos semanas en otra ciudad, 1962), el veterano jugador de cartas (un papel que debía interpretar Spencer Tracy) en The Cincinnati Kid (Adiós ilusiones, 1965). Para esta altura su salud lo estaba abandonando. Sufrió un ataque al corazón, tuvo un accidente automovilístico y lo afectaba una creciente sordera. No obstante, con la suerte de su lado, fue sobreviviendo y llegó a su última película, que fue un digno legado a su talento: un anciano conmovedor y trasgresor en Soylent Green (Cuando el destino nos alcance, 1973), relato de ciencia ficción que transcurría en el año 2022, co-estelarizada por Charlton Heston.
Lamentablemente Edward G. Robinson, que se había decidido a asistir a la ceremonia incluso en silla de ruedas, falleció el 26 de enero de 1973. Tres meses después, su viuda recibió el Oscar Honorario, con la siguiente leyenda grabada: “A Edward G. Robinson, quien logró la grandeza como intérprete, patrón de las artes y dedicado ciudadano... En resumen, un Hombre del Renacimiento. De parte de sus amigos de la industria que tanto ama”. Jane Robinson leyó su nota póstuma de agradecimiento: “No me podría haber llegado en un mejor momento de la vida. Si me hubiese llegado antes, habría despertado en mí profundos sentimientos. Estoy tan agradecido a mis colegas ricos, cálidos, creativos, talentosos e íntimos amigos que han sido mis socios en la vida. ¿Acaso se puede ser más rico?" |
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