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Boris Karloff
Por Fabián Cepeda |
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Sus monstruos y villanos fueron variados, pero casi todos tenían en común una dosis exacta de patetismo, que era reflejo de su estilo de vida privada, ya que era un hombre gentil, cortés y atento, y estas cualidades estaban de alguna manera siempre presentes en los personajes grotescos que interpretó a lo largo de sus cincuenta años de carrera. El alcance de su fama opacó el hecho de que aquellas películas que protagonizaba eran de la clase “B”, y que en algunas películas de mayor presupuesto su rol era simplemente uno más del reparto. En resumen, Karloff fue uno de esos actores a los que todo el mundo quiere sin importarle si tiene talento o no. Aun hoy es venerado por fanáticos del cine de terror, y es imposible imaginarlo en otros géneros (aunque de hecho intrepretó muchos), y esto sin duda se debe a que Karloff poseía un estilo interpretativo muy personal.
Más tarde, y a través de un aviso de un periódico, se unió a una compañía teatral de gira por el lugar, y fue ahí cuando adoptó el nombre artístico de Boris Karloff. Con ésta y otras compañías realizó giras por todo el Canadá a lo largo de 10 años, y hacia 1916 llegó a Los Angeles, donde le ofrecieron trabajar como extra de cine mudo. Durante toda la década siguiente apareció en pequeños papeles sin importancia, casi siempre interpretando a asesinos y criminales. La llegada del sonoro trajo buenos vientos a la hasta entonces rutinaria carrera cinematográfica de Karloff.Después de obtener un gran éxito con Dracula (1931) (*), los estudios Universal planeaban continuar con la saga del terror, y se propusieron hacer una nueva versión de Frankenstein, la famosa obra de Mary Shelley, y como Bela Lugosi se negó a interpretar el papel que en un principio fue pensado para él, el director del proyecto, James Whale, le ofreció una prueba, maquillaje mediante, al ignoto Karloff. Whale quedó totalmente convencido de su asombrosa caraterización del monstruo, por lo que de inmediato le dio el rol.
Karloff sentía que su carrera se escapaba de sus manos y se sentía deprimido por la calidad y aceptación de estos films, pero a la vez consideraba que en realidad era más importante trabajar que preocuparse por principios artísticos. Hacia 1943 incursionó nuevamente en el teatro, y luego de alcanzar un considerable suceso con la puesta en escena de la obra “Arsénico y encaje antiguo”, Boris Karloff retornó a Hollywood con su prestigio renovado y munido de altas expectativas. Solamente aceptó papeles en películas que él considerara de primera clase, secundado por figuras de renombre. Así, interpretó para la Universal The Climax (El ruiseñor y el cuervo, 1944) y The House of Frankenstein (La guarida de Frankenstein, 1944), acompañado en esta última por Lon Chaney Jr. y John Carradine. Pero estas películas no alcanzaron el éxito esperado. Nuevamente a la deriva y alejado de la Universal, Karloff tuvo la suerte de toparse con el productor Val Lewton, quien confió que aún no estaba todo dicho y bien podría utilizar las grandes cualidades interpretativas del astro, y le ofreció protagonizar tres películas que habrían de alcanzar buena repercusión y elevarían la alicaída carrera de Karloff: The Body Snatcher (El profanador de tumbas, 1945), Isle of the Dead (La isla de los muertos, 1945) y Bedlam (Manicomio, 1946). Curiosamente, si bien estas películas reafirmaron su imagen y le permitieron acceder a papeles importantes en películas de mayores presupuestos para estudios de primera línea, los roles ofrecidos poco tenían que ver con el perfil “siniestro” que Karloff había establecido como propio. Pero de allí en más solamente le ofrecerían películas de segunda clase y roles en films cómicos (a menudo intrerpretándose a sí mismo). Durante la década de los ’50, Karloff trabajó asiduamente en la televisión, realizando películas genéricas o presentado shows como auspiciante, además de trabajar en radio. También filmó algunas películas de dudosa reputación en Europa, pero ninguna logró siquiera igualar alguno de los éxitos de las décadas anteriores, y fueron poco vistas.
El resto de sus apariciones cinematográficas de la década fue más que rutinario, y hacia 1968 Karloff aceptó una propuesta para filmar cuatro películas de terror en México. Se trataba de películas de clase Z, con un grupo de artistas desconocidos, y donde Karloff aparecía casi “obligado” en pequeños roles de los cuales realmente se podía prescindir sin alterar el argumento. Así, un cansado Boris Karloff ofreció interpretaciones aburridas. Además, por falta de recursos económicos, los films no pudieron ser completados, por lo que fueron comprados por un productor americano y terminados en los Estados Unidos. Realmente agotado y enfermo, Boris Karloff retornó a Inglaterra, donde falleció de enfisema el 2 de febrero de 1969. (*) En los inicios del cine sonoro era común que los estudios realizasen versiones alternativas de sus principales películas, pero habladas en español, francés, italiano, alemán y algún otro idioma. Algunos intérpretes bilingües protagonizaban más de una versión, pero así fue que, curiosamente, la Drácula original, con Bela Lugosi, nunca se estrenó en la Argentina. La versión que llegó al país fue la protagonizada por Carlos Villar (o Villarías). Estas versiones se filmaban de noche, utilizando los mismos decorados para rodar las mismas escenas que se había registrado durante el día. En el caso de esta versión en español, el prestigioso crítico Leonard Maltin le ha conferido el honor de incluirla en su biblia del cine “Movie and Video Guide”, por considerarla mejor que la estelarizada por Lugosi, probablemente la única película de este tipo reconocida en su obra. |
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